El humorista más serio del país


“Perdonen que entré así, atropellando”, dice mientras ingresa al escenario del Teatro Opera, a paso lento, con las manos en los bolsillos y la mirada perdida. La platea compuesta por un público de lo más heterogéneo lo recibe con las primeras risas y aplausos. Con “No me le afloje Garay”, un show caracterizado por la simpleza, ternura y sencillez, el mendocino Cacho Garay confirmó, a sala llena (nada menos que en la exigente calle Corrientes) y luego de seis años de trayectoria, que es un humorista consagrado y el más federal de la actualidad.
Su estilo es tan claro como propio: Hacer reír sin reírse, apoyado por gestos, voz suave y pausada de hombre de campo, silencios bien manejados, y acompañado por su figura alta y desgarbada, pelilarga cabellera y barba candado.
Con el acompañamiento musical del Miguel Paves y Coqui Miguez, durante dos horas Garay, que saltó a la fama luego de que en el 2000 ganara la final del “Show del Chiste” en Video Match, va de una anécdota a otra: de su infancia a su familia, su pasado de camionero y su primer viaje a Buenos Aires. “Qué risa”, remata, siempre con gesto serio.
En el medio, hubo lugar también para una voz femenina, la cantante salteña Irene Tapia, que con su tributo a Violeta Parra conquistó a todos. Pero el momento top del show lo protagonizó “el Chanchi”, el hijo de Garay de sólo tres años que apareció como patovica al ritmo de “Misión Imposible” y que luego de bailar cumbia villera y cantar como Mariachi, (lo que despertó suspiros de la platea femenina), fue sorprendido mientras imitaba a Piñón Fijo con la aparición del auténtico Piñón, quien se llevó una gran ovación.En fin, el show cerró en muchos aspectos, y la mejor muestra de ello fueron las carcajadas permanentes y los aplausos finales, lo que le demostraron al “ex camionero” Cacho Garay que sin lugar a dudas “va por buen camino”.

Julio 2006


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El cine en la dictadura

“Quiero un cine positivo, limpio, decente, cultural y no sólo industrial”, fue el mensaje de Miguel Paulino Tato, al asumir como interventor en el Ente de Calificación Cinematográfica en agosto de 1974. Fue el inicio de la censura. Un año y medio más tarde la producción nacional se restringió a largometrajes funcionales al régimen totalitario, y los filmes foráneos fueron fríamente cortados. Se prohibieron alrededor de 350 películas.
La política militar consistía en premiar con apoyo y dinero a aquellas películas que incluían: comedias familiares con personajes pobres pero soñadores y que mostraban una imagen positiva del régimen (“Comandos azules”(1979) de Emilio Vieria, “Amigos para la aventura” (1978), “Brigada en Acción” (1977) y “Dos locos en el aire” y “Dos locos en el aire” (1976) de Palito Ortega, “La mamá de la novia” (1978) de Enrique Carreras, y “La fiesta de todos” (1978), de Sergio Renán, entre otros directores cómplices); filmes donde había que convencer o exterminar al otro por la fuerza como “El Soltero” (1976) o “Y mañana serán hombres” (1978), de Carlos Borcoqsue hijo; y aquellas películas que hablaban de un pasado mítico, o !los viejos tiempos”, como “Así es la vida” (1976) y “Frutillas”(1979), de Enrique Carreras.
De la vereda de enfrente existió un cine contestatario que propuso aspectos críticos de la vida cotidiana e individual, entre las que figuran las prohibidas “Juan que reía” (1976), de Carlos Galletini, “Piedra Libre”, de Leopoldo Torre Nilsson, y “La naranja mecánica”, de Stanley Kubrick (se resistió a ser cortada) y las censuradas “Cinema Paradiso”, “Regreso sin Gloria”, (por su temática antimilitarista), “Missing”, de Costa Gavras, “Mamá cumple cien años”, de Carlos Saura, “Casanova”, de Fellini, y “Feos, Sucios y malos” de Ettore Scola.
Algunas se prohibieron y silenciaron, pero otras resistieron, desarrollando para ello metáforas del horror a través de historias contadas entrelíneas. Entre estas están “La parte del león” (1978), (permitido por ser formalmente un policial, pero con personajes llenos de ambición y rencor) y “Tiempo de Revancha” (1981), (un gremialista que simula ser mudo para ganarle al establishment), ambas de Adolfo Aristarain, y La isla (1979), de Alejandro Doria (personajes que se recluyen sin saber por qué).El fin de la Dictadura dejó como saldo dos cineastas desaparecidos, Raymundo Gleizer o Pablo Szir e innumerables ganas de hacer películas que relaten ya con un mensaje claro y directo y llenos de libertad, todo el terror pasado.



Cinema Paradiso, película censurada

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De la calle al primer mundo

“Ves cosas y dices, "¿Por qué?" Pero yo sueño cosas que nunca fueron y digo, "¿Por qué no?"”. Cuando George Bernard Shaw, escritor irlandés, pensó esta frase, seguramente no lo hizo inspirado en Argentina, ni en los “sin techo” ni mucho menos en sus sueños. Sin embargo, sus palabras se instalan casi como un mensaje subyacente en “La otra copa”, el documental del joven realizador Damián Cukierkorn, que trata de la historia de un grupo de argentinos en situación de calle que les toca vivir una experiencia impensada en la realidad pero posible en los sueños: jugar un mundial de fútbol representando a su país.
Todo comienza en un frío día de otoño dentro de las instalaciones de la revista “Hecho en Bs. As”, (publicación que venden personas que viven en la calle), donde se les comunica a los vendedores la apertura de un taller de fútbol, con el fin, lejano aún, de poder llegar a participar por primera vez del "Homeless World Cup" o el “Campeonato de los "sin techo"”, a disputarse por espacio de una semana en las instalaciones de un colegio en Gotemburgo, Suecia, cuatro meses después.
A partir de ahí, se inicia un recorrido por distintas situaciones, todas con una intensa carga emocional. Y es que en verdad, no pasa por alto ver a un puñado de hombres de distintas edades y estado físico, muchos sin ropa apropiada, entrenarse con las mismas ganas que la que salen a vender su revista; como tampoco observar luego esa mezcla de tristeza, desilusión e impotencia, primero de quienes quedan fuera de la lista de los que viajan y después de la mayoría, que por falta de partidas de nacimientos o por antecedentes penales ven por terminado sus sueños.
Tan sólo tres son los que finalmente viajan: Sergio, de 25 años, Omar de 27 y Rubén de 42, y lo que sigue con ellos es aún más interesante, sea el mundial la excusa, porque lo rico siempre está en lo paralelo: el asombro del primer viaje en avión, el encuentro con “otro mundo” y el contacto con “pares” de diversos orígenes, todo a partir de las vivencias de estos tres personajes tan distintos uno del otro, que sin quererlo cumplen un rol determinado: el “vivo y ganador”, el “simpático y perdedor” y el “callado y pensativo”.
El desempeño demostrado en un mundial lleno de pasión termina siendo meritorio, pero de los momentos mas destacados el que sin duda queda en la retina del espectador, es “ese” soñado por muchos futboleros en la niñez: cantar el himno con la camiseta argentina en un pecho inflado de orgullo. En fin, tal vez sin buscarlo, el documental permite la reflexión de que ni la falta de oportunidades, ni la realidad, por más dura que sea, pueden desterrar a los sueños. Porque en definitiva, es la posibilidad de realizar un sueño lo que hace que la vida sea interesante.

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Pasión burrera: La vida al galope

Sangre de pato! (¡Atorrante!), Avivate fratte mío, te vas a morir de frío, si no aprendés a escabiar. Despertate, andá un poco a las carreras y a la farra milonguera a bailarte un buen gotán...”, cantó alguna vez Edmundo Rivero en "Te lo digo por tu bien". “…Garconnire, carreras, timbas, copetines de viciosos, y cariños pasajeros, besos falsos de mujer; todo enterré en el olvido del pasado bullicioso... “, compuso Celedonio Flores para su tango “Tengo miedo”.
El tango, la timba, las carreras, la milonga, la farra, son aólo algunos que han ido siempre de la mano y componentes indiscutibles de la identidad del porteño desde comienzos del siglo XX. El paso del tiempo y sus circunstancias supieron atentar contra ese modo de ser y de vida; sin embargo, hay pasiones que resisten al "ya no ser" y se mantienen vigentes. En pleno corazón de Buenos Aires se puede encontrar uno de esos monumentos a la resistencia: El Hipódromo Argentino de Palermo.
Este predio de Av. del Libertador 4101, es desde ya 131 años de vida uno de los principales refugios del turf. Si bien la popularidad no es la de otras épocas (le ha ocurrido también en cierto modo al tango), sigue manteniendo fieles seguidores, los “burreros”, que en su gran mayoría peinan canas o directamente ya no se peinan.
Pero el Hipódromo versión 2007 no solo está compuesta por gente de turf: posibles efectos de mercado permitieron no sólo la continua asistencia de extranjeros que vienen como parte de sus “city tours”, sino también la incorporación hace cuatro años de máquinas tragamonedas, producto de la privatización del hipódromo en 1992, que alentó la llegada de un nuevo público más heterogéneo.
Un día de reunión por Palermo
Quienes sólo van a buscar suerte en las salas de Slots, ingresarán por la entrada de mitad de cuadra del Hipódromo, caminarán la alfombra roja y su recorrido finalizará ya sea en los subsuelos de la Tribunal Oficial, la Tribuna Especial o en la Confitería Paris.
En cambio, los aficionados al turf que asisten a un día de “reunión” (así llamado al programa de carreras) cumplirán obligadamente otro itinerario. La entrada es por la esquina de Av. Del Libertador y Dorrego, previa adquisición de la revista-guía con el programa oficial de la fecha, las estadísticas y las posibles “fijas”. Traspasado el molinete, el siguiente camino es hacia los “Boxes de Exhibición”, el lugar donde previa a la carrera los caballos recorren la “redonda” (se pasean en ronda como modelos en pasarela) y el público puede observar detenidamente cuál “pura sangre” está en mejores condiciones físicas. Vale detenerse a mirar de reojo la importancia que el burrero la da a este momento, agudizando su ojo clínico como si estuvieran analizando las curvas de las modelos en un desfile de Giordano.
La previa
“Próxima Carrera, Premio CADEAUX, sobre 1500 metros…” se escucha desde los altoparlantes. Los diminutos jinetes montan los caballos, ingresan a la pista de arena y se dirigen lentamente hacia las gateras. Es la hora de apostar. La gente se acerca en las distintas ventanillas de apuestas distribuídas entre las tribunas y patios, a la vista de todos. Algunos se guiarán por instinto, o simplemente por amor al juego. Otros, en cambio, se mandan con seguridad, ya sea por sus propios conocimientos de antaño, por los datos de las últimas perfomances de los “pingos” o por recomendación de aquellos personajes “que se las saben todas”, porteñismo puro, propio de las “Aguafuertes” de Arlt.
La suma mínima de la apuesta es de l o 2 pesos dependiendo del tipo de jugada. Los precavidos se atienen a ese valor; los confiados no vacilan en abrir su billetera y extraer sus 20 o 50 pesos sólo para empezar.
Una vez entregados a la diosa fortuna, es el momento de acercarse a las tribunas a la espera del comienzo. Hay tres para elegir, todas de exquisito estilo francés: la Tribuna Oficial, el Paddock y la Especial. Desde la Oficial, a la altura del disco de llegada, hay ubicaciones para todos los gustos: en los mismos escalones, en los coquetos bancos rodeados de jardín es al pie de la tribuna, desde adentro del edificio cómodamente sentados con vista panorámica y televisor (símil palco de la “Bombonera”), o directamente al borde de la pista, para presenciar el emocionante final.
¡¡¡¡Laaaarrrrrrgarooonnnnn!!!!
El relator ya lo anunció. El espectáculo ha comenzado y la
expectativa y la emoción aumentan con el avance metro a
metro de los competidores. Resulta difícil unificar los
comportamientos del público: Unos caminan de un lado al otro; otros se persignan. Unos no paran de alentar; otros se congelan frente a los monitores. Unos se pelean por los prismáticos; otros se arreglan estirando su cuello como jirafas.
Faltando escasos metros para el final, los que palpitan el triunfo ya preparan sus gargantas para gritar y alentar con los brazos en alto como un gol de campeonato, y los que
perciben la derrota, comienzan a esbozar su mejor gesto de resignación.
“Cien metros finales!, sigue firme primero el 9 con ventaja sobre el 10, por afuera tercero el 7, medio cuerpo el 4 y cruzaron el disco!!!!!!
“Vamoooosss Jacinto, viejo y peludo nomás! 1!! En el final, en medio del griterío se escucha el aliento de un “burrero” victorioso clase 1940, dedicado a Jacinto Herrera, jockey del caballo ganador. Sin esperar un segundo, el flamante apostador ingresa al interior del edificio en en busca de su recompensa. Pero no se retirará del Hipódromo; no contento con lo ganado, regresa a la ventanilla a redoblar su apuesta para la próxima carrera.
“Hay gente que no tiene control, y no sabe parar”, comenta por lo bajo una señora, a metros de ahí, cómodamente sentada en los asientos que da a la pista. Con su voz que denota años de fumadora, agrega: “Vengo siempre con mi marido, y siempre apuesto, pero cuando la mano viene mal, ya no insisto”. Es sólo un comentario de los muchos que abundan en la media hora que separa una carrera de otra en este sector elegido por muchos, sobretodo en épocas de frío o lluvia. La edad promedio de sus ocupantes no baja de los 65 años y basta con cerrar los ojos para imaginar que los diálogos pertenecen a alguna tarde de reunión hípica pero de los años 30:~¿Y Tito, como vas? ¿Ganaste algo”?; ‘¿Viste que bien River? ¡Cómo le ganaron a los brasucas!”; ¿Hoy juega el Rojo, no?; “¿Vas para la milonga esta noche?”
Fútbol, carreras, tango se entremezclan una y otra vez...
La media vuelta
Los treinta minutos de rigor ya han pasado y ya se aproxima la decimosegunda. La ilusión se renueva. Las luces ya se encendieron hace rato, la temperatura bajó pero la velada seguirá hasta pasadas las 22, momento en que marcará el final de la reunión. Llegada esa instancia, nuevamente se abrirán dos realidades distintas. Algunos se irán contentos con buena guita en los bolsillos y las ganas de prolongar con amigos el festejo en alguna milonga; otros en cambio retornarán a sus hogares, insultando y diciendo con toda la bronca: “¡¡Basta de carreras!! ¡¡Se acabó la tiraba!!”; pero al mismo tiempo, preso incurable de esa ambigüedad que como fiel porteño guarda en sus entrañas, dejará encendida la llama de la pasión y terminará por sentenciar a lo Gardel: “... pero si algún pingo llega a ser fija el domingo, yo me juego entero ¡qué le voy a hacer!...


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Monólogo gallego sobre la superstición

Hola, ante todo quiero decirles que llevo años investigando sobre el tema, y la conclusión a la que he llegado es que todos, absolutamente todos, sin excepción, somos supersticiosos.
Lo que pasa es que hay supersticiosos de dos tipos: los supersticiosos porque sí, y los supersticiosos por si acaso. Seguro que han escuchado decir esto a alguien: “Yo no soy supersticioso, ¡pero cuando veo un gato negro me cruzo de acera! ¡Por si acaso!”. ¿Cómo que “por si acaso”? Eso es como si un tío dice: “Esta noche no voy a salir a ligar, me quedo en casa leyendo, pero me voy a poner un condón, por si acaso”. Pues entre “por si acaso” y “por si acaso” vivimos esclavizados por las supersticiones. Todos hemos recibido esa carta en la que nos avisan de que, si no mandamos una pesetas a diez personas, nos pueden pasar cosas terribles. Y al principio piensas: “Qué chorrada...” Pero luego empiezas a leer: María José Brizuelas rompió la cadena y a los pocos días su marido perdió un brazo y ella cogió una enfermedad desconocida y le tuvieron que arrancar los dientes.. Vaya. Y sigues leyendo: Alejandro Alberto de Venezuela rompió la carta, y un día que iba por tabaco, su casa se incendió con todos sus seres queridos dentro. No se salvó ni uno. Así que mandas las cartas “por si acaso”. “Por si acaso” también tocamos madera cuando queremos tener buena suerte... Pues, que me van a perdonar, pero en este caso se comprueba claramente que las supersticiones son falsas, porque si esto fuese verdad, se notaría en ciertas profesiones. Ahí están los carpinteros, toda la vida tocando madera, ¡tendría que irles a todos de puta madre!
Además en el caso de que algunas supersticiones se cumpliesen, combinándolas bien, podrías ir escapando. Levantarte con el pie izquierdo da mala suerte, ¿no?. Pero pisar una mierda da buena suerte: pues está claro lo que hay que hacer: ¡cagar al lado de la cama! ¿Y cuando alguien tira la sal en la mesa? Todo el mundo: - ¡Haaaaalaaaa, has tirado la sal! Y enseguida te dice: - Rápido! Tira un puñado por encima del hombro, que se va la mala suerte. Y digo yo, ¿quién se inventará todo esto de las supersticiones? ¿quién fue el primer tío que, “por si acaso”, le cortó la pata a un conejo y se la metió en el bolsillo a ver si le daba suerte? Que yo me pregunto: ¿a cuántos animales tuvo que mutilar el psicópata este hasta decidirse por la pata de conejo?
Los que se aprovechan de todo esto son los fabricantes de amuletos, que nos endilgan todos los productos con defecto de fábrica añadiéndoles la expresión “de la suerte”: - Jefe, estos llaveros con forma de corazón nos han salido más bien como castañas. - Vale, pues haremos..... ¡castañas de la suerte! Oye, y ese año no puedes salir de casa sin tu castaña de la suerte. Y si no, ¿por qué se creen que hay que comerse doce uvas en Nochevieja aunque a nadie le apetezcan? Porque son “uvas de la suerte”. Yo creo que esta fórmula la deberían usar para otras cosas. - Paco, te he puesto los cuernos pero son “cuernos de la suerte”. - ¡Qué ilusión! ¡De la suerte! ¡Gracias cariño! La vida sería más fácil, ¿se imaginan? Habría impuestos de la suerte, contratos basura de la suerte, la bomba atómica de la suerte... Una maravilla. Que, por cierto, si se fijan, no existen supersticiones modernas: de ascensores, aviones o Internet. Todas son antiguas. Todas hablan de escaleras, gatos, o de paraguas. Yo creo que ya va siendo hora de crear las supersticiones del siglo XXI. Por ejemplo, si al hacer la compra te cruzas con unos tomates transgénicos, como no te tomes inmediatamente un yogur con bífidos activos, ¡tendrás un año de coitus interruptus! Aunque bien pensado, antes de crear supersticiones nuevas, habría que perfeccionar las que ya existen, que tienen muchos cabos sueltos: si se te rompe un espejo, son siete años de mala suerte. ¿Y si el espejo es de aumento? Encontrarse una herradura da buena suerte ¿Y si te encuentras trece? O cuando se dice que a quien le caiga el ramo de la novia será el próximo en casarse. ¿Y si le llega al cura? ¿qué hace? ¿rematar de cabeza? Si te mira un tuerto da mala suerte. ¿Y si te miran dos? ¿Es doble mala suerte, o es como si te mirase un tío normal? ¿Y si un tuerto mira a un gato negro? ¿Quién sale peor parado? En fin, queda claro, las supersticiones son absurdas... De todas maneras, tengan cuidado… por si acaso.


La autora, según el aporte de un lector, es Verónica Forqué.


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La cama

Si en el marco de una encuesta mundial, los ciudadanos tuviesen que elegir su mueble preferido dentro de los muchos que habitan su “hogar dulce hogar”, sin duda alguna muchos se inclinarían por la cama. Y no solamente por ser un armazón compuesto por un elástico de hierro o madera, con una cabecera y un colchón cómodo, que sirve para conciliar el sueño. Sino que, mas allá de eso, este “invento milenario” fue adquiriendo en cada región y en cada época una multiplicidad de formas, características y funciones que le dan su verdadera importancia.
En sus comienzos, allá por los años XVI y XI a.C, en las ciudades de Persia, Egipto y Babilonia, estos receptáculos tenían un rebuscado pie decorado con tallas, dorados e incrustaciones. No poseían cabecera, excepto un apoyo. A finales del Siglo I después de Cristo, se extendieron en Europa versiones más sencillas de camas. Pero de todas maneras, el “lecho” era un lujo de las clases sociales más altas. En las mansiones y castillos de los nobles las camas estaban en las salas y se usaban como divanes durante el día. Para lograr una habitación dentro de otra, protegida de insectos y corrientes de aire, se implementaron los doseles, con pesadas cortinas laterales, y de acuerdo a la ornamentación, la riqueza del bordado y las piedras preciosas de estos cortinados, indicaban la posición social de los dueños. Hacia el S. XV entre la realeza, las camas alcanzaron proporciones enormes. Más adelante fueron haciéndose de telas más livianas y con mayor sencillez.
La gente “común” comenzó a usarlas, pero fueron del tipo de camas-armarios cerradas con puertas, costumbre que perduró en las familias humildes hasta avanzado el siglo XIX. Y los más pobres usaban jergones en el suelo.
En el S. XVIII se usaron distintos tipos de maderas para la fabricación de camas para los nobles: nogal, caoba, roble, finamente talladas. Luis XIV por ejemplo, poseía 413 camas de todas variedades!!. Los franceses introdujeron hacia fines de este mismo siglo, los armazones de hierro. Las camas se comenzaron a hacer en serie y se fueron popularizando.
Hacia 1930, el diván, es decir, la cama actual, sin doseles y cortinajes, rápidamente se popularizó, y se fabricó en series y en distintos materiales y modelos, imperando la comodidad, sencillez y sobriedad de los diseños. Y se utilizan también las camas sobrepuestas o marineras, para ahorrar espacio.
En cuanto a esa especie de bolsa rectangular llamado colchón o “futón”, también varió con el tiempo ya que en diferentes momentos fue relleno de lana, pluma, cerda, o con resortes, muelles, de aire, de agua, de goma-espuma, etc. cerrado por todos lados, y de tamaño proporcionado para dormir sobre él.
Por último no podemos dejar de lado las variadas funciones que fue adquiriendo más allá del clásico “reposo”. En la actualidad se observa que:
- Todos podemos pasar por las tres etapas biológicas en una cama. Podemos nacer, reproducir y hasta morir en una cama.
- En una cama practicamos el ocio, nos divertimos e innovamos, ya sea solos o en pareja
- Expresamos todas nuestra emociones con mas naturalidad, sobretodo el llanto
- También la usamos como excusa. Acaso quien no dijo alguna vez “estoy en cama, no puedo ir”. O con mezcla de orgullo, placer, y asombro “ ¡¡Me dejó de cama!!”
- Puede ser un marco de unión y reconciliación como de ruptura y venganza en las parejas
- Pero lo mejor es que en la cama nos atrevemos a soñar y crear y a madurar nuestras mejores ideas. Estamos inconscientemente quizás formándonos como personas.
Por todo esto la cama, por su historia, y por sus “historias” no es sólo un simple “mueblecito” más. Fiel testigo de nuestras más crueles y ocultas verdades... que ocurriría si pudiera hablar?

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Magia en los subtes

No es Copperfield, tampoco Emmanuel; tampoco ganó ningún campeonato mundial en su rubro. Se llama Daniel Agustín Quinteros, es mago desde hace cuatro años y su escenario son los vagones de la línea D de subtes. Allí, tres veces por semana, este simpático tucumano de 26 años despliega un show muy particular: al conjunto de trucos le agrega un discurso claro y con sentido, que deja un público antes indiferente, sonriente pero también pensativo.
“La iniciativa de este show es causar un pequeño estímulo a través de las palabras e ilusiones”, explica Quinteros con un lenguaje locuaz y un carisma de oficio. “La magia es un pretexto para tirar mi mensaje, y romper las formas individualistas que lleva la gente para empezar a pensar en sociedad; abrirles la mente y hacerles ver que existe una razón colectiva.” Para lograrlo, Daniel encontró el lugar indicado: “En el subte la gente viaja sin paisaje externo, tensionada, ideal para aparecer y plantear mis pensamientos porque nadie puede escapar y ser indiferente.”
Daniel cuenta que no estudió magia: “Tenía un amigo que sabía un par de juegos y el resto algunos los compré y otros los inventé”. Así, este vendedor de ilusiones y papá de un nene de cinco años afirma: “Me va bien dentro de todo, porque aparte también trabajo en un bar los fines de semana; laburo poco tiempo porque no quiero ser un autómata, y si bien por ahora mi hijo y mi novia no viven conmigo por una cuestión habitacional, al menos me alcanza para mantenerlos.”
Guarda en su mente un gran proyecto futuro: “Llenar un teatro, con una obra que estoy escribiendo”; pero hay algo que añora antes que nada: “Quiero que esto que hago en el subte, con el mensaje que intento dejar, quede como un buen show under y que años más tarde todo el mundo diga: ¿Te acordás del mago del subte?”.
 

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Un pequeño mundo de contrastes

El día gris y lluvioso no fue el compañero ideal de visita. Pero en Mataderos, la Feria de los domingos es sagrada. La gente desde los más diversos orígenes dijo presente y contribuyó a que este popular espacio de 20 años de vida adquiera un microclima especial y lleno de contrastes.
Iniciar el recorrido por la Av. De los Corrales o la Av. Lisandro De la Torre, es indistinto. Lo regional, lo tradicional de nuestras tierras comienza a filtrarse por los sentidos desde los primeros pasos: Las múltiples artesanías, los hombres vestidos de gaucho, el olorcito a las empanadas recién horneadas, y una zamba de Cafrune de fondo hacen notorio esa mezcla entre el campo y la ciudad. En el medio, el elemento foráneo aportado por los turistas, y así, la confluencia de idiomas y tonos que por momentos convierte al monumento al Resero, el corazón de la Feria, en una especie de Torre de Babel. Por allá, una simpática yanki tratando de entender a un vendedor cómo hizo su cuadro; del otro lado, una nórdica que no para de probarse carteras; mas para acá dos italianos fascinados por los cuchillos y dos chilenas comparando culturas; en el puestito de comida, un español comiendo tamales; y como si algo faltara, un chino que observa, pero apoyado en la puerta de su supermercado…
De repente, la lluvia cesa y se arma el clásico baile. Los gauchos y las “chinas”, se mueven con alegría, y en medio de los turistas y sus cámaras, un negro senegalés de larga túnica, como recién venido de un ritual de su tribu, mira con extrañeza la danza (¿comparando?) y sonríe con ganas al momento del zapateo de un octogenario bailarín.
Cuando llega el momento de la izada de bandera al ritmo de “Aurora”, las gotas vuelven a caer como queriendo adueñarse de la tarde; será en vano, a esa altura ya nada podrá logrará desteñir tanto color.

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El pibe de la otra belleza

Puede que para los patrones culturales de estos tiempos, Carlitos no sea considerado un ícono de la belleza. Su 1.73, su morfología rústica, su cuello adornado con una larga cicatriz (producto de una quemadura con agua hirviendo cuando era bebé) y una dentadura muy poco visitada por un dentista hablan por sí solo. Pero a este pibe de 22 años y de sonrisa franca e ingenua, nacido en el humilde y peligroso barrio Ejército de Los Andes, mas conocido como "Fuerte Apache", poco le importa. Cuentan que un entrenador de las inferiores de Boca Juniors le ofreció operarse la cicatriz, pero él lo rechazó porque eso le impediría jugar entre 4 y 6 meses. “Ni loco puedo estar tanto tiempo sin tocar una pelota”, dijo. Y hoy reafirma: “No me haría nada. Siempre que pasa algo, es por algo. Si Dios me puso así, no me lo cambio.” Toda una declaración de principios. Es que para Carlitos Tevez, un futbolista con tantos pergaminos en su haber y tantos por hacer, la belleza como él la entiende pasa por otro lado, si bien tuvo su momento de “cuento de hadas” con una modelo. Carlitos siempre es Carlitos, esté donde esté: conserva sus amistades de la infancia, con los que ha conformado un grupo de cumbia (“Piola Vago”) que él mismo promociona y banca; no olvida sus raíces, y los quiere muy cerca, como en el pasado mundial de Alemania, cuando llevó a todo su clan para que lo acompañe, y hace poco “para proteger a Vanesa y a Flopi”, novia e hija, dejó atrás una situación conflictiva en Brasil para seguir su carrera en Inglaterra. Su pasarela parece ser la vida y en particular la cancha de fútbol, reducto donde expone sus máximos dones, que hasta los propios modelos de Piñeyro envidian: su coraje y su talento, que contagia a los que lo buscan como espejo, y por lo que todo hincha argentino se identifica.
No es un ícono de la belleza, es cierto, pero después de todo… ¿no dijo alguna vez Francis Bacon que “no hay belleza perfecta que no tenga alguna rareza en sus proporciones?.”

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