Magia en los subtes

No es Copperfield, tampoco Emmanuel; tampoco ganó ningún campeonato mundial en su rubro. Se llama Daniel Agustín Quinteros, es mago desde hace cuatro años y su escenario son los vagones de la línea D de subtes. Allí, tres veces por semana, este simpático tucumano de 26 años despliega un show muy particular: al conjunto de trucos le agrega un discurso claro y con sentido, que deja un público antes indiferente, sonriente pero también pensativo.
“La iniciativa de este show es causar un pequeño estímulo a través de las palabras e ilusiones”, explica Quinteros con un lenguaje locuaz y un carisma de oficio. “La magia es un pretexto para tirar mi mensaje, y romper las formas individualistas que lleva la gente para empezar a pensar en sociedad; abrirles la mente y hacerles ver que existe una razón colectiva.” Para lograrlo, Daniel encontró el lugar indicado: “En el subte la gente viaja sin paisaje externo, tensionada, ideal para aparecer y plantear mis pensamientos porque nadie puede escapar y ser indiferente.”
Daniel cuenta que no estudió magia: “Tenía un amigo que sabía un par de juegos y el resto algunos los compré y otros los inventé”. Así, este vendedor de ilusiones y papá de un nene de cinco años afirma: “Me va bien dentro de todo, porque aparte también trabajo en un bar los fines de semana; laburo poco tiempo porque no quiero ser un autómata, y si bien por ahora mi hijo y mi novia no viven conmigo por una cuestión habitacional, al menos me alcanza para mantenerlos.”
Guarda en su mente un gran proyecto futuro: “Llenar un teatro, con una obra que estoy escribiendo”; pero hay algo que añora antes que nada: “Quiero que esto que hago en el subte, con el mensaje que intento dejar, quede como un buen show under y que años más tarde todo el mundo diga: ¿Te acordás del mago del subte?”.
 

4 comentarios:

Anonymous dijo...

No fue en los vagones de un extra�o gusano mec�nico, ni en su laberinto de t�neles subterr�neos, donde escuch� por primera vez hablar de "El Mago". Tampoco en las agitadas calles porte�as, donde el lenguaje se convierte en solemne ling�stica de pobres y rompe los paradigmas de los que tanto hablan sint�cticamente correcto.
Las olas del mar lo arrojaron s�bitamente y lo invitaron a desembocar por tercera vez, no consecutiva, en la ciudad de Miramar.
Mi trabajo durante la temporada de verano, cuando lo conoc�, estaba lejos de tanto escenario, aunque compart�amos cierto y peque�o (no cuantitativo sino etario) p�blico. Lo ve�a ir y venir con su mochila al hombro, otros artilugios en un bolso discreto y de color negro, t�pica tonalidad de la cosa oculta y misteriosa, y una caja de zapatos con peque�os orificios para que "Mr. Rabbit", el conejo, respirara.
Yo s�lo me dediqu� durante un tiempo, a cobrarle los veinticinco centavos diarios por utilizar las cabinas telef�nicas, y a ver de pasada uno que otro espect�culo de los suyos. El intercambio de palabras que ten�amos no cruzaba el l�mite del de dos desconocidos.
A partir de all� con un poco de recelo y sin intenciones de ir m�s all�, me propuse descubrir el velo que nublaba el proscenio de cada una de las ilusiones que impart�a. No fue f�cil, porque cada vez que la tela incorporaba un nuevo pliegue, eran mis sentidos los que se empezaban a nublar.
El juego hab�a comenzado. Me permit�, con ya casi tres d�cadas pasadas desde mi nacimiento, revelar cada uno de los trucos. Las ilusiones, que de chico me hab�an deslumbrado y hasta convencido, hoy se convert�an en una insignificante b�squeda para m�. Miradas, atenci�n extrema y persistente era lo �nico y necesario para llegar a la revelaci�n de todos y de cada uno de los "pases m�gicos".
Una mano iba a la izquierda, pero yo me concentraba en mirar la otra, la que escond�a, por supuesto, el secreto. Cre� que la velocidad de sus extremidades me superaba. En el pr�ximo truco de nuevo lo mismo, y de nuevo algo se me perd�a de vista.
El pa�uelo de seguro est� agujereado, pensaba, y la caja negra con forma de cofre del m�s humilde tesoro y repleta de estrellas plateadas, desde donde hacia su aparici�n triunfal constantemente "Mr. Rabbit", era uno de los objetos mejor pensado en cuanto a dise�o y estructura, pero carajo, c�mo pasaba lo que pasaba ah� adentro.
Mi propia calidad de homo sapiens estaba quedando chica. La raz�n luchaba a cada instante contra lo que los ojos ve�an. Trataba de poner m�s atenci�n pero, cuanto m�s lo hac�a, peor era. Hab�a algo que imped�a mi prop�sito, que me diera cuenta de los movimientos que el mago hac�a.
Un d�a semejante a los d�as de veinticinco centavos lo pude ver. No hab�a magia en los instrumentos comprados o fabricados por �l mismo. Ni mucho menos era m�gico el conejo, que por cierto ya respond�a a su nombre y, seg�n me contaron, hasta juega a las escondidas con su due�o. No, este hombre era un verdadero ilusionista de la palabra, y la magia comenzaba cuando comenzaba su discurso.
As�, cuando cre� estar viendo una simple actuaci�n de un artista entre otros tantos, lo que estaba escuchando trascend�a la frontera de lo ilusorio. Cuando busqu� descifrar la formula de tal o cual artima�a, descubr� la realidad desde la visi�n de un verdadero profeta de la vida.
Y s�, despu�s de dar cuenta de tanta sabidur�a que estar�a bueno aprovechar, puedo decirles que les acabo de contar el ocasional encuentro con mi amigo, a quien con afecto he bautizado "el m�gico".

FAUSTO VITALE
degrafico@gmail.com
Miramar 24 de febrero de 2008

Pao dijo...

Me gustó la nota. Muy buena

Anonymous dijo...

En el subte hay muchas cosas buenas para observar y romper con la monotonía..

longge dijo...

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