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01 julio 2011

Paisajes de Catamarca: el reencuentro

¿Sueño?, ¿Deseo? ¿Obsesión? No sabría definirlo bien. Lo real y concreto es que esos paisajes de Catamarca los llevaba bien guardados en mi memoria y en mi corazón desde la primera vez que tomé contacto con ellos, o mejor dicho desde que tengo uso de razón.

Es por eso que después de muchos años sin verlos necesitaba un reencuentro, pero esta vez con ojos de adulto, dejando de lado ese encantamiento que me generó de niño.

Necesitaba disfrutarlo de otra manera y desde otro lugar, y llegar a comprender por qué los había llegado a atesorar, más allá de ser la tierra de mis ancestros, a tal punto de ubicarlos en el “top ten” de las visualizaciones más recurrentes a la hora de la reflexión y el relax.

Toda mi vida sentí debilidad por el paisaje serrano del noroeste argentino, y todo el universo que lo conforma: montes, cerros, valles, quebradas, ríos, arroyos y cascadas, caballos y vacas, zambas y chacareras, los quesillos de cabra, el pan casero, las uvas y los dulces artesanales, el clima seco y las siestas. Recuerdo el entusiasmo de cada viaje pasado, cuando a través de la ventanilla del “fitito” familiar empezaba a distinguir a lo lejos los primeros relieves…

Pasó mucho tiempo pero finalmente el momento llegó. Volví, y de la manera que siempre imaginé: en el asiento de conductor, y no sólo dispuesto a redescubrir lo otrora admirado, sino sumergirme aún más en el interior de esa hermosa provincia poco promocionada turísticamente.

El sueño comenzó a tomar forma la madrugada del 16 de abril. Luego de varias horas de viaje, habiendo dejando atrás la ciudad de Córdoba me topé con mis primeros recuerdos de la infancia: las salinas al costado de la ruta, paisaje encantador que obligaba siempre a detenerse y sacarse una foto.

Cuando la tarde daba sus últimos suspiros, la aparición de decenas de cactus fue una de las primeras señales de que la meta estaba cerca. Sin embargo la oscuridad de la noche postergó la bienvenida oficial a la ciudad capital hasta el día siguiente.

Fue ese instante, en el que mi mirada se alzó hacia uno de los cordones serranos donde el febo matinal provocaba con sus rayos una especie de escala cromática de luces y sombras sobre el relieve irregular, la confirmación de que mi sueño se había cumplido.

Embargado de emoción decidí iniciar mi travesía por las callecitas céntricas de San Fernando del Valle. Las viviendas, que también se da en otros pueblitos de la provincia, aún conservan su estilo colonial. Esto es tan característico como la infaltable plaza principal con su iglesia en unos de sus laterales. Por supuesto, ninguna comparable con la plaza “25 de mayo”, con la imponente catedral de la Virgen del Valle.

Concluido el primer recorrido, me dirigí hacia otros lugares que alguna vez había visitado: Las cuestas del Portezuelo y del Totoral, El Rodeo, los diques El Jumial y Las Pirquitas.

Todo me resultó conocido y al mismo tiempo impactante. Fue lindo volver a experimentar sensaciones de antaño… Cómo no olvidarme de mis primeros paseos a caballo cada vez que al costado de la ruta veía algunamanada. Cómo no percibir el miedo en cada cuesta empinada y al mismo tiempo enamorarme de cada postal que me regalaba el precipicio.

A partir de ese instante, mi apetito turístico y aventurero se multiplicó. Eran mis ojos de niño y de adulto fusionados al mismo tiempo.

Entregado a la naturaleza, inicié mi rumbo hacia lo desconocido. Fui en busca de la Ruta 60 cuyo recorrido termina en el Paso de San Francisco, límite con Chile.

Lo que vino después fue algo simplemente mágico. El camino hacia el oeste se transformó en una especie de alfombra roja hacia un espectáculo único.

Tinogasta, con sus museos arqueológicos, la “ruta del adobe"” -ese increíble viaje en el tiempo con construcciones de casi 400 años de antigüedad- Fiambalá -con su viñedos y termas naturales de aguas provenientes de volcanes-, Saujil -con sus “dunas mágicas”- y el trayecto final al paso fronterizo -con los volcanes de picos nevados denominados “Seismiles” en el horizonte y los guanacos al costado del camino-, hasta llegar a la zona limítrofe con 4200 metros de altura sobre el nivel. En casi todo el recorrido -sobre todo el último- la escasa circulación de vehículos me convirtió en único testigo y propietario de esos paisajes casi desérticos que iban variando de tonalidades -rojos, marrones, verdes, grises y amarillos- junto con el avance de los kilómetros.

No saciado por completo, de regreso por la 60 giré hacia la izquierda por la Ruta 40 y atravesé el corazón de la provincia. Londres, con su antigua ciudad inca Ruinas de El Shincal, Belén, con sus tejidos y artesanías y Villa Vil, separada por un río y con sus propias termas, fueron algunos de los pueblos visitados, cada uno con su rico aporte cultural e histórico a la región.

Para concluir mi aventura, decidí retornar hacia el este y transité por otra cuesta –la del Singuil- recorrí los ex túneles ferroviarios en La Merced, y otros tantos pueblitos pintorescos, como Balcozna, Las Lajas, Las Juntas, Guayamba y El Alto.

De regreso por la ruta que me retornaría a Buenos Aires, la alegría por lo vivido fue mi fiel compañera. El viaje había durado tan sólo una semana, pero alcanzó para que mis cinco sentidos experimentaran una especie de revolución.

Siete días atrás había partido en busca de un reencuentro de sensaciones. Siete días después no sólo las había encontrado sino que había descubierto otras tantas nuevas. La galería de imágenes mentales para mis horas de reflexión ya se ha enriquecido y superado en capacidad.

Al fin supe comprender el por qué de ese entusiasmo de niño por el paisaje catamarqueño. No había mucho secreto: la naturaleza tenía toda la respuesta.

21 noviembre 2009

El turismo tuvo su espacio en La Rural

Satisfacción. Esa es la palabra que se desprendió de parte de los organizadores de la 14º Feria Internacional de Turismo de Amércia Latina (FIT) celebrada del 14 al 17 de noviembre en el predio de La Rural. El presidente del evento, Ricardo Roza, confirmó a través de un comunicado que este año se batió un récord, al recibir un 4,58 por ciento más de público general -unas 50.527 personas-. Si a esto se le suma los 29103 profesionales de turismo, la cifra total ronda las 80 mil personas.

Según varios operadores turísticos y agencias de viaje consultadas, este incremento de visitantes en la Feria se emparenta con la recuperación que se percibe de la economía mundial, tras la crisis de 2008, y que se traduce en un aumento del nivel de negocios las ventas de viajes y paquetes.

Por otra parte, cabe señalar que en el evento hubo una oferta acorde a la demanda numerosa. Es que a lo largo de los 42 mil metros cuadrados que comprendía el predio, distribuidos en cuatro sectores (Sector Brasil-Uruguay, Sector Nacional, Sector Centroamérica y Sector Internacional) los visitantes -argentinos y extranjeros- en el recorrido por los 1.685 stands nacionales e internacionales pudieron disfrutar de comidas, bebidas y bailes regionales, además de concursos y shows en vivo.

A continuación, un breve repaso fotográfico por lo sucedido el día domingo 15.

24 abril 2007

Feria de Mataderos: Un pequeño mundo de contrastes

El día gris y lluvioso no fue el compañero ideal de visita. Pero en Mataderos, la Feria de los domingos es sagrada. La gente desde los más diversos orígenes dijo presente y contribuyó a que este popular espacio de 20 años de vida adquiera un microclima especial y lleno de contrastes.
Iniciar el recorrido por la Av. De los Corrales o la Av. Lisandro De la Torre, es indistinto. Lo regional, lo tradicional de nuestras tierras comienza a filtrarse por los sentidos desde los primeros pasos: Las múltiples artesanías, los hombres vestidos de gaucho, el olorcito a las empanadas recién horneadas, y una zamba de Cafrune de fondo hacen notorio esa mezcla entre el campo y la ciudad. En el medio, el elemento foráneo aportado por los turistas, y así, la confluencia de idiomas y tonos que por momentos convierte al monumento al Resero, el corazón de la Feria, en una especie de Torre de Babel. Por allá, una simpática yanki tratando de entender a un vendedor cómo hizo su cuadro; del otro lado, una nórdica que no para de probarse carteras; mas para acá dos italianos fascinados por los cuchillos y dos chilenas comparando culturas; en el puestito de comida, un español comiendo tamales; y como si algo faltara, un chino que observa, pero apoyado en la puerta de su supermercado…
De repente, la lluvia cesa y se arma el clásico baile. Los gauchos y las “chinas”, se mueven con alegría, y en medio de los turistas y sus cámaras, un negro senegalés de larga túnica, como recién venido de un ritual de su tribu, mira con extrañeza la danza (¿comparando?) y sonríe con ganas al momento del zapateo de un octogenario bailarín.
Cuando llega el momento de la izada de bandera al ritmo de “Aurora”, las gotas vuelven a caer como queriendo adueñarse de la tarde; será en vano, a esa altura ya nada podrá logrará desteñir tanto color.