Sobre la muerte de Kirchner



La muerte del ex presidente Néstor Kirchner el miércoles pasado dejó un vacío que será muy difícil de llenar. Quien quiera minimizar la importancia que ha tenido en la política argentina desde el 2003 a esta parte, por supuesto, lo podrá hacer, pero será una misión imposible lograr convencer a la mayoría, a ese pueblo que lloró su muerte, ese pueblo que valoró su trabajo, y que se acercó espontáneamente a la Casa de Gobierno para darle el último adiós y trasmitir todo su apoyo a su mujer, nada más ni nada menos que la Presidenta Cristina Fernández.

Mi formación profesional, laboral, familiar, me han enseñado a creer que los extremos nunca son buenos, y que siempre hay que mirar las cosas desde distintos puntos de vista. Ese ejercicio lo he practicado más que nunca en estos días de duelo.

Desde ese lugar y desde la libertad que tengo para expresarme, algo que muchos no tienen, es que he decidido decir algunas cosas.

Néstor Kirchner fue un hombre de convicciones firmes. Tuvo aciertos y errores -que no voy a citar acá porque otros ya lo han hecho- pero siempre luchó para recuperar la dignidad e identidad perdidas, no sólo de un país tan manoseado como Argentina sino de Latinoamérica.

Claro, no le fue fácil, y no lo seguirá siendo para el que decida continuar con la tarea, porque hay problemas de décadas que no se solucionan en años. Pero para empezar hay que tener algunas herramientas principales: ideales, coraje, inteligencia, liderazgo, actitud y aptitud. Y él las tuvo.

Los denostadores de su proyecto político o simplemente de su figura no callaron nunca su voz. No sorprende. Criticar y sobre todo sin fundamento es una de las acciones, después de las fisiológicas, de las más básicas que tiene el ser humano.

Se lo criticó por su soberbia, por su autoritarismo, dejando de lado un detalle: los rivales a los que había que enfrentar para el logro de sus objetivos no eran y no son precisamente un grupo de monaguillos de una parroquia de barrio.  

En estos días de duelo, las diferencias se pusieron de manifiesto. Los que nunca lo quisieron expresaron todo su odio y rencor, festejaron su muerte, ningunearon, bromearon y se burlaron del dolor ajeno. Otros, oportunistas, se lamentaron por fuera, pero se alegraron por dentro, esperanzados de un cambio de rumbo político que los vuelva a beneficiar. Y allá lejos, a lo largo de veinte cuadras, un pueblo de lo más diverso, herido en el corazón, que se acercó a despedir, agradecer y acompañar.

La sensación de malestar al leer y escuchar tanto odio hacia una persona que llevó adelante un proyecto de cambio y transformación real con acciones concretas –a pesar de muchas equivocaciones, malas decisiones y preguntas sin respuesta, en fin, las contraindicaciones de esa medicina llamada política- se fue depurando al observar a sus emisores y su escasez argumentativa y al compararlos con muchos otros, en su mayoría jóvenes, que justificaban su presencia, apoyo y reconocimiento al ex presidente fallecido, sea cual fuere su inclinación política.

Eso sí, tampoco celebro los insultos hacia el vicepresidente Julio Cobos, más allá de la “traición” política que muchos señalan, porque pienso que la violencia nunca va a unir sino a profundizar las divisiones. Y la sociedad necesita más que nunca de la unión de todos, buscar puntos en común dentro de las múltiples diferencias. Y seguir creciendo.

Desde mi humilde opinión, espero que la Presidenta profundice los aciertos y corrija los errores cometidos; que se abra al diálogo, pero sin perder la firmeza, necesaria ante quienes intenten meter sus narices sin otra idea que la de materializar sus propias ambiciones personales en desmedro del bien común.



 

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